Vigilia. Entre lo público, la razón y el juicio
Miguel Ángel Juárez Frías
Byung-Chul Han, al recibir el Premio Príncipe de Asturias, reflexionó que la democracia se fundamenta en la moral y las virtudes de los ciudadanos, en el civismo, la responsabilidad, la confianza, la amistad y el respeto. Citó a Alexis de Tocqueville con el concepto de moeurs, que podemos decir, sintetiza a la democracia como los valores operativos que vuelven posible la vida en sociedad sin que todo se pierda en el intento.
El “Moeurs” se hace tangible en la palabra de los ciudadanos, pero principalmente de quienes se encuentran en la responsabilidad pública, los que deben construir sociedad y están obligados a responder a la comunidad en la búsqueda de mejores condiciones de vida.
Pero cuando la palabra se convierte en arma de ataque permanente, en velo de mentiras, en la encarnación propia del cinismo llevado al ejercicio del poder, vale la pena reflexionar sobre ella.
Basta observar el escenario público para entenderlo: el debate de ideas dentro de la democracia mexicana se tuerce por el enfrentamiento de epítetos, ofensas, difamaciones y vituperios, donde un “disidente” es rápidamente tachado de “traidor”, y una propuesta compleja es reducida a un simple “populista” o “elitista”. Estas palabras-arma no buscan iluminar, sino herir; no pretenden sumar, sino anular al otro.
Aquí el grito opaca el argumento y la caricatura reemplaza al rostro, en tanto que la inteligencia de los más queda olvidada por su autosilencio. En este ruidoso campo de batalla, la primera víctima es la verdad, y con ella, la posibilidad misma de una comunidad que se reconozca en el diálogo.
Vivimos, pues, un tiempo en que la palabra pública ha perdido su dignidad y se ha vuelto ruido. La desmesura hecha verbo domina el discurso, la polarización lo convierte en campo de batalla y la mentira se disfraza reiteradamente de opinión.
Todos, en algún momento, hemos sido parte de esa distorsión, por exceso, por silencio o por omisión. No se trata de señalar culpables, sino de reconocer que el lenguaje colectivo atraviesa una crisis de sentido, que desgasta y diluye la democracia.
La comunicación dejó de ser encuentro para volverse estrategia, y el análisis cedió su lugar al adjetivo. En ese contexto, entre la manipulación del relato y la pérdida de confianza en quien comunica, cobra sentido detenerse, mirar hacia dentro y preguntarnos qué responsabilidad tenemos en la palabra que pronunciamos y en la que callamos.
He insistido en compartir desde la observación ciudadana las reflexiones que permitan el cotejo de la narrativa pública. Nunca desde el insulto, la descalificación o la parcialidad. Se hace desde la objetividad, el análisis de los datos y los soportes doctrinales.
Lejos de la mordacidad del comentario, de la adjetivización de las personas, los hechos o las circunstancias, porque la responsabilidad de quien tiene un espacio en la lectura pública debe respetarse.
Se trata de pensar, hablar y escribir con ética. No es solamente tu espejo el que te lee. Es un grupo de amigos, colegas, conocidos y público, que bajo ninguna circunstancia merece recibir la insensatez de la palabra escrita producto de la víscera, la infamia o la mentira.
Hoy entrego mi colaboración a lo que éticamente considero correcto, reverenciar el lenguaje que nos hace ser comunidad.
Quizá cuando escribo me equivoque y lo acepto. Quizá parta de premisas imperfectas, pero nunca con el ánimo de tergiversar el relato, la opinión o la reflexión.
Hoy quise hacer este alto, reflexionar sobre el peso del pensamiento y la palabra, con la precaria capacidad y talante, con humildad y convicción, porque estoy convencido de que todos buscamos en las lecturas, las conversaciones o los debates, que estén acompañados de la reflexión madura, responsable y sensata.
Son las letras el espacio que habitamos y que nos habita, en ellas está el origen de la comunicación, esencia del entendimiento humano. Pues la palabra es continente y contenido, y debemos procurar que recupere su poder original, esa potencia atómica capaz de mover la sociedad desde la locución personal.
Porque nuestra voz es influencia en nuestro entorno; nuestra palabra abona, de una u otra forma, a la dicha o la desdicha de nuestro prójimo; y lo que decimos puede ser energía para el motor anímico de quien nos escucha.
Por eso cuidar el pensamiento y la palabra no es un acto menor. Es darle destino a nuestro ser y al mismo tiempo convertirnos en brújula para quien en nosotros confía.
Aquí cobra fuerza el sentido común de los antiguos. Si no tienes nada bueno que decir de alguien, no lo digas. Si no te consta la conducta de tu prójimo, no la compartas. Y si escuchas denostar a tu amigo, refútalos, cállalos o apártate.
Se palabra que alivie, que corrija sin herir, que aleccione; se voz que construya y no destruya.
Apelo a que esa sea la brújula que me guíe, no solo en esta columna, sino en nuestra conversación diaria, ya sea pública o privada.
Ese es un buen comienzo cada día.
Nos leemos la siguiente.
