El agua que la política no puede seguir prometiendo

Vigilia. Entre lo público, la razón y el juicio

Miguel Ángel Juárez Frías

juarezfrias@gmail.com

Aguascalientes, Ags.- Siempre la política ha vendido ilusiones, esperanzas y oportunidades. Para algunos, oportunidades individuales; para otros, beneficios de grupo; para menos, una causa colectiva; y para muy pocos, un verdadero compromiso con el futuro. Este último es el punto donde la conversación se vuelve incómoda, porque hablar del futuro exige dejar de mirar la política como oferta inmediata y empezar a verla como responsabilidad exigible e impostergable

Hay temas que pueden esperar una mejor coyuntura, una mejor administración, una mejor mayoría o una mejor narrativa. El agua no pertenece a ese grupo. El agua se agota mientras la política calcula, el discurso acomoda cifras, las administraciones anuncian soluciones parciales y mientras la sociedad sigue viviendo como si el recurso más básico estuviera garantizado por siempre.

México enfrenta una crisis hídrica estructural, conviene decirlo con claridad: no se trata únicamente de sequías, ni de años malos de lluvia, ni de una mala temporada climática. La escasez de agua se ha convertido en una condición persistente del país, especialmente en el norte y centro del territorio nacional. La presión sobre los acuíferos, la extracción superior a la recarga natural, la expansión urbana sin suficiente planeación, el uso agropecuario intensivo, las fugas en las redes de distribución, la contaminación y la debilidad institucional han formado una misma realidad: México consume más agua de la que muchas de sus regiones pueden reponer.

La cifra nacional permite dimensionar el problema: el país reconoce 653 acuíferos, y en un número importante de ellos la disponibilidad ya es negativa. En los registros oficiales de CONAGUA, el acuífero del Valle de Aguascalientes aparece con una recarga media anual cercana a los 235-250 millones de metros cúbicos y una extracción que genera un déficit anual que oscila entre 93 y 115 millones de metros cúbicos. Dicho sin tecnicismo: se extrae mucho más de lo que el sistema natural alcanza a recuperar.

Ese dato debería bastar para sacudir la atención pública local. Aguascalientes ha construido durante años una imagen de orden, competitividad, atracción de inversión, empleo formal y estabilidad relativa. Esa imagen tiene una parte real y sería absurdo negarla, pero toda estabilidad que descansa sobre un recurso agotado carga una contradicción profunda. Se puede hablar de crecimiento, de nearshoring, de parques industriales, de vivienda, de expansión urbana y de futuro económico; pero todo ese discurso se vuelve frágil cuando la base hídrica que sostiene la ciudad se encuentra en déficit crítico.

En Aguascalientes capital, y en la zona metropolitana del Valle de Aguascalientes, el agua ya no puede entenderse como un asunto administrativo: es un problema de Estado. El acuífero 0101 sostiene buena parte del abastecimiento urbano, industrial y de servicios. La ciudad vive, trabaja, crece y se expande sobre una fuente subterránea sometida a una presión constante. Cada nuevo fraccionamiento, cada zona industrial, cada crecimiento periférico, cada permiso, cada omisión y cada fuga forman parte del mismo balance.

El problema se resiente bajo tierra, pero también aparece en la superficie: las grietas, los hundimientos diferenciales, los daños en calles, viviendas e infraestructura urbana son la expresión visible de una decisión diferida durante años. La sobreexplotación de los acuíferos en Aguascalientes ha sido vinculada con más de 300 kilómetros de grietas, hundimientos del suelo, mayores costos de extracción y problemas de sustentabilidad del sistema de abastecimiento.

A eso se suma una realidad difícil de justificar: una parte importante del agua que se extrae se pierde antes de llegar al usuario, son las fugas en las redes de distribución una forma silenciosa de desperdicio institucional. Es el agua que se va por tuberías viejas; es dinero público, energía, infraestructura, tiempo y futuro que se pierde por falta de mantenimiento, inversión insuficiente y decisiones postergadas. Por eso, en una ciudad con estrés hídrico, cada fuga se convierte en una falla política.

El Modelo Integral de Aguas de Aguascalientes (MIAA) fue presentado como un parteaguas institucional, un intento por recuperar el control público del servicio después de años de desgaste. Ese esfuerzo merece reconocimiento. Sin embargo, su operación cotidiana sigue mostrando una fragilidad preocupante que los ciudadanos perciben día con día: obras que permanecen inconclusas durante meses, frentes de trabajo que alteran vialidades sin resolverse con la rapidez necesaria, y una atención insuficiente no solo a las fugas de agua potable, sino también a los colapsos y brotes en la red de drenaje sanitario.

En una ciudad donde el estrés hídrico ya es estructural, estas deficiencias convierten al agua, y al saneamiento, en un problema que va más allá de la ingeniería: se ha vuelto también un asunto de ejecución, coordinación y rendición de cuentas efectiva. Columnas de tubería que esperan conexión, plantas que no operan a plena capacidad y calles que, por semanas, cargan con los estragos de intervenciones inconclusas, alimentan la frustración ciudadana y erosionan la confianza en las instituciones.

Gobernar el agua no consiste en prometer abasto mientras alcance la presión de la red, ni en anunciar obras mientras los drenajes siguen colapsando y dejando olores y riesgos sanitarios en las colonias. Gobernar el agua implica ordenar el crecimiento urbano, revisar el modelo de expansión, cuidar las zonas de recarga, sancionar abusos, reducir pérdidas de manera sostenida, invertir donde no se ve y asumir decisiones que quizá no sean rentables electoralmente, pero sí indispensables para la ciudad. Hay que decirlo claro, la naturaleza no negocia con la propaganda. 

La premio Nobel Elinor Ostrom lo explicó con una idea sencilla y profunda: que los bienes comunes requieren reglas claras, monitoreo efectivo, participación real de los usuarios y sanciones proporcionales para evitar su deterioro. El agua subterránea es uno de los bienes comunes más difíciles de gobernar porque se consume de manera individual, pero sus consecuencias se pagan de manera colectiva. Cada actor puede justificar su extracción, su consumo o su desperdicio; pero el resultado acumulado termina afectando a todos. Allí está la tragedia silenciosa: cuando cada quien toma agua desde su necesidad, desde su permiso, desde su negocio o desde su comodidad, el sistema completo se debilita.

Aguascalientes necesita elevar la conversación. El debate hídrico no puede reducirse a tarifas, tandeos, fugas o quejas por recibos, aunque todo eso importe en la vida cotidiana. El tema de fondo es mayor: qué modelo de ciudad puede sostenerse sobre un acuífero deficitario; qué tipo de crecimiento urbano resulta responsable; qué industrias pueden instalarse y bajo qué condiciones; qué obligaciones deben asumir los desarrolladores; qué responsabilidad tiene el usuario doméstico; qué papel corresponde al municipio, al Estado, a la Federación y a los organismos operadores; qué decisiones deben tomarse hoy para evitar que mañana la escasez se convierta en conflicto.

La crisis hídrica también tiene una dimensión social: las colonias con menor infraestructura padecen con más dureza los cortes, la baja presión, los tandeos y los efectos del deterioro urbano, y la escasez rara vez se distribuye de manera pareja. Quien tiene recursos puede almacenar, comprar, adaptar, reparar o trasladar costos. Quien vive al día enfrenta la falta de agua como interrupción directa de su dignidad cotidiana.

También es un asunto económico. El Aguascalientes competitivo, industrial, urbano y moderno necesita agua. La inversión requiere certeza hídrica, la vivienda necesita servicios, la industria demanda previsión, la ciudad requiere infraestructura. Si el agua falla, falla la promesa completa de desarrollo. El estrés hídrico amenaza el modelo económico que presume estabilidad y crecimiento.

Pero el mayor costo es intergeneracional, y la pregunta ya no puede formularse desde la comodidad del presente. La pregunta seria es qué ciudad estamos dejando para quienes vienen detrás. Una ciudad que crece sin mirar su límite hídrico termina heredando conflicto, costos crecientes, infraestructura dañada y desigualdad territorial. Una ciudad que decide corregir a tiempo puede convertir la crisis en punto de inflexión institucional.

Aguascalientes todavía tiene margen. Tiene capacidades técnicas, tiene escala manejable, tiene instituciones que pueden coordinarse, tiene sociedad organizada, tiene universidades, tiene sector empresarial y tiene experiencia administrativa suficiente para construir una política hídrica seria. Lo que falta es asumir el problema con la gravedad que merece: pasar de la administración cotidiana del servicio a una gobernanza integral del agua; pasar del pozo como respuesta automática a la gestión completa del ciclo hídrico; pasar de la cultura de consumo a la cultura de corresponsabilidad. 

Una política hídrica seria para Aguascalientes no puede seguir postergando tres líneas de acción mínimas e impostergables. Primera: una revisión integral y vinculante de la planeación urbana e industrial con criterios hídricos estrictos, que incluya la obligación de compensación hídrica neta positiva para todo nuevo desarrollo importante. Segunda: un programa obligatorio y presupuestalmente blindado de recarga artificial, aprovechamiento de aguas pluviales y reutilización de aguas tratadas. Tercera: una auditoría ciudadana permanente y pública del manejo de fugas, con reportes mensuales verificables, metas cuantitativas de reducción de pérdidas y sanciones efectivas al organismo operador cuando no se cumplan los plazos de reparación, no como un órgano más, sino como una herramienta digital abierta donde cada fuga reportada tenga tiempo de respuesta y sanción. Estas tres líneas no resuelven el déficit estructural por sí solas, pero marcan la diferencia entre gobernar con simulación y gobernar con responsabilidad.

La pregunta no es si habrá agua suficiente para la próxima Feria de San Marcos, para el siguiente fraccionamiento o para el próximo anuncio de inversión. La pregunta es más profunda y más incómoda: qué Aguascalientes estamos construyendo para que nuestros hijos no hereden una ciudad fracturada por la sed, por la improvisación y por la falta de responsabilidad pública.

Pensar Aguascalientes, decíamos, es una responsabilidad histórica. No hay tema donde eso sea más cierto que el agua. El agua define una sociedad.

Nos leemos la siguiente.

*Foto El Clarinete