Vigilia. Entre lo público, la razón y el juicio
Miguel Ángel Juárez Frías
Aguascalientes fue durante mucho tiempo una ciudad cómoda para vivir, tanto por una infraestructura y servicios moderadamente eficientes y eficaces, obvio, no ajena ni libre de problemas, pero fundamentalmente porque la comodidad de la vida diaria de los aguascalentenses provenía de algo más sencillo y más valioso: la cercanía.
La ciudad permitía que la vida ocurriera dentro de distancias razonables: el trabajo, la escuela, la visita familiar, el trámite pendiente o la comida de domingo podían resolverse sin que el traslado consumiera una parte significativa del día. Había dificultades, desde luego, pero todavía existía una relación equilibrada entre el territorio y el tiempo, aun en transporte privado o público.
Esa ventaja rara vez aparecía en los indicadores económicos o en los discursos oficiales, pero formaba parte de la calidad de vida que la mayoría de los habitantes daban por sentada: la ciudad todavía permitía una relación cercana con el tiempo, con los lugares y con las personas.
Hoy aparecen evidencias de que esa condición ha cambiado. Cada vez son más frecuentes los trayectos largos, los congestionamientos en horarios que antes fluían con relativa normalidad, las avenidas saturadas y la sensación compartida de que desplazarse exige más tiempo, más paciencia y más recursos que hace apenas algunos años. En esta nueva realidad, la discusión pública suele responder con una lógica inmediata: más carriles, más pavimento, más infraestructura vial.
Los datos ayudan a dimensionar la magnitud del fenómeno, hace apenas quince años, el parque vehicular de Aguascalientes rondaba el medio millón de automóviles. Al cierre de 2025, la cifra alcanzó 851 mil 999 vehículos registrados, es decir, más de 350 mil unidades adicionales en un periodo relativamente corto y casi 50 mil vehículos más que un año antes, sin contabilizar las unidades que circulan con registro de otras entidades, en cuyo caso según sondeos oficiales superan otros 50 mil vehículos.
Lo relevante es que esta transformación ha ocurrido a pesar de una inversión pública considerable. Durante los últimos dos sexenios, Aguascalientes ha destinado miles de millones de pesos a transporte público, rehabilitación de vialidades, distribuidores viales, libramientos, puentes y ampliaciones de avenidas. La evidencia obliga a formular una pregunta incómoda: si la infraestructura ha seguido creciendo, ¿por qué la percepción ciudadana es que desplazarse requiere cada vez más tiempo, más recursos y más paciencia? Quizá la respuesta no se encuentra únicamente en las vialidades, sino en la forma de ciudad que estamos produciendo.
Jeff Speck ha señalado que una ciudad pierde algo esencial cuando obliga a sus habitantes a depender permanentemente del automóvil. La distancia deja entonces de medirse en kilómetros y empieza a medirse en tiempo: horas que se consumen todos los días y que se restan a la familia, al descanso y a la vida misma. La movilidad se convierte en una variable fundamental de calidad de vida, porque una ciudad accesible permite que las personas desarrollen su vida cotidiana dentro de distancias razonables y recuperen tiempo para aquello que realmente importa.
En tal sentido, la movilidad humana y sustentable parte de esa idea simple pero poderosa: poner a las personas en el centro de las decisiones urbanas.
La experiencia internacional ha demostrado que centrar la política pública en estrategias de infraestructura vial no resuelve el problema, máxime cuando el crecimiento urbano sigue empujando a las personas cada vez más lejos de los lugares donde desarrollan su vida cotidiana, derivado de un crecimiento sin control, sin organización, que responde a los intereses inmobiliarios y en el mejor de los casos, a políticas de contención.
Aguascalientes ya enfrenta ese desafío. La expansión de la mancha urbana, la consolidación de municipios conurbados, el crecimiento habitacional en zonas periféricas y la concentración de servicios, empleos y equipamientos en determinados puntos de la ciudad han ido modificando la experiencia cotidiana de miles de personas. El resultado es visible: cada vez más ciudadanos dependen del automóvil para resolver actividades básicas y la calidad de vida se diluye silenciosamente mientras nos acostumbramos a pensar que permanecer atrapados en el tráfico forma parte inevitable de la vida.
Por eso la movilidad debe dejar de discutirse desde la óptica de la ingeniería vial, y empezar a cuestionarse y atenderse desde el desarrollo urbano, vivienda, transporte público, espacio público y planeación territorial. Esa es la conversación pública obligada y urgente, que hable sobre la forma de ciudad que estamos construyendo.
Después de hablar del agua y del crecimiento urbano, la movilidad aparece como una consecuencia natural de ambas discusiones. Las ciudades no se vuelven inmóviles de un día para otro. La inmovilidad se construye gradualmente con distancias que aumentan, con el territorio que se dispersa y sobre todo, cuando la planeación deja de pesar y la urgencia o el interés de grupos de poder le ganan a la responsabilidad.
Nuevamente, la pregunta vuelve a ser la misma que ha acompañado estas reflexiones que he compartido con ustedes: ¿Qué Aguascalientes queremos dejar para quienes vienen detrás?
Uno donde cada generación necesite más automóviles, más tiempo y más kilómetros para realizar las actividades más simples de la vida cotidiana, o uno donde la cercanía, la accesibilidad y la calidad de vida sigan formando parte de las ventajas que hicieron de esta ciudad un buen lugar para vivir.
Nos leemos la siguiente.
