CONCIENCIA ¿Por qué no se habla de ella en la política? 

Vigilia. Entre lo público, la razón y el juicio

Miguel Ángel Juárez Frías

juarezfrias@gmail.com

“La conciencia sólo se despierta cuando uno se da cuenta de que puede hacer el mal.” Hannah Arendt



Hay muchas virtudes que suelen exigirse a quienes ejercen el poder: prudencia para calcular las consecuencias, templanza para resistir la presión, justicia para tratar a cada quien según lo que merece. Todas son necesarias, deseables y exigibles.

Pero en política, como lo hemos observado, y ya sin que sorprenda a nadie, hay una diferencia crucial: muchas de esas virtudes pueden fingirse o se fingen. La prudencia se confunde fácilmente con estrategia política; la honestidad se vuelve parte del guion y de la repetición sistemática, como si diciendo la palabra desaparecieran las acciones; la austeridad se convierte en un mensaje solo de imagen, no en un principio de vida y de ejercicio público. Incluso la empatía hoy la desnaturalizan con una foto creada por inteligencia artificial, como si comer garnachas en la plaza pública fuera suficiente para entender al pueblo.

La conciencia, en cambio, no se puede fingir, no se actúa ni se improvisa, se tiene o no se tiene.

A diferencia de otras tantas virtudes, la conciencia no opera en el plano de la apariencia, sino en el territorio interior de las decisiones. No sirve para adornar discursos ni para justificar errores; no se mide en encuestas ni se presume en conferencias; su función no es política, pero su ausencia se vuelve un problema profundamente político. La conciencia es lo que evita que el poder se normalice en abuso. Es lo único que detiene al gobernante antes de hacer lo que la ley aún no prohíbe, pero el decoro y la dignidad ya condenan.

En el ejercicio real del poder, no siempre se está ante dilemas claros entre el bien y el mal. La mayoría de las veces, las decisiones exigen elegir entre lo conveniente y lo justo, entre lo eficaz y lo humano, entre lo que da votos y lo que honra el servicio al otro. Ahí es donde aparece, o se ausenta, la conciencia. No como una carga moralista, sino como una brújula que recuerda que detrás de cada programa, decreto o presupuesto hay personas reales, vidas que no se ven en los informes, futuro que no aparece en las métricas, rostros que no se conocen pero que existen.

No elegimos la conciencia como centro de esta reflexión porque sea cómoda, ni porque esté de moda, al contrario, temo el juicio del pragmatismo político que me tildará de anticuado, retrograda, romántico… una lista larga de adjetivos, porque hablar de conciencia es un acto ridículo en los momentos actuales

Elegimos hablar de conciencia, porque sin ella, todo lo demás se pervierte: la prudencia sin conciencia, se vuelve cálculo cobarde; la justicia puede transformarse en venganza legal; la eficacia termina siendo una forma de invisibilizar las injusticias; y la empatía sin conciencia solo reproduce el paternalismo.

La conciencia no sustituye al conocimiento, pero lo ordena; no compite con la técnica, pero le da cauce; no basta con saber gobernar, hay que saber por qué se gobierna y para quién se gobierna. Sobre todo, hay que recordar qué límites no deben cruzarse nunca, aunque nadie los castigueesa es la función más profunda de la conciencia: no evitar errores, sino evitar el olvido; el olvido del otro; el olvido del propósito; el olvido de que todo poder es en el fondo una responsabilidad social, pública y ética. 

En un sistema donde la legitimidad suele confundirse con popularidad, y el éxito se mide en aplausos, la conciencia puede parecer un obstáculo. Pero justo por eso es necesaria, porque recuerda que no todo lo legal es justo; que no todo lo útil es digno; que no todo lo permitido es correcto. Y que una decisión, aunque sea legal, puede degradar la ética pública y la confianza social si no se sostiene en una noción profunda de responsabilidad y compromiso.

México no necesita más gobernantes calculadores, ni más figuras diseñadas para emocionar. Nuestro país no necesita más frases histriónicas, ni más estrategias de marketing. Necesita, con urgencia, una nueva ética del poder. No una ética de escritorio, sino una ética encarnada; no escrita en códigos o reglamentos que se repiten para el aprendizaje como tablas de multiplicar, y que no se incrustan en el ADN del servicio público; una ética que permita decir “no” cuando el contexto presiona, que sepa callar cuando la verdad duele, y que tenga el valor de hablar cuando todos callan.

La conciencia no es un lujo filosófico, tampoco es un requisito abstracto. Es el núcleo desde el cual una persona se vuelve capaz de ejercer autoridad sin volverse autoritario, desde el cual puede tomar decisiones sin dejar de ser humanoEs la diferencia entre mandar y servir, entre imponer y escuchar, entre dominar y gobernar.

En esta reflexión elegí hablar de la conciencia porque, sin ella, todo lo demás puede existir, pero sin sentido. La técnica se vuelve simple administración; la política, espectáculo; y la legalidad, excusa. El poder, sin conciencia, puede seguir operando, pero deja vacío de alma al Estado.

En un país y en un Estado donde las apariencias gobiernan y la forma ha suplantado al fondo, gobernar con conciencia ya es, en sí mismo, un acto de ruptura, una forma de resistencia ética. Tal vez el último reducto desde el cual aún se puede salvar la política como ejercicio de dignidad.

Mientras haya conciencia, aún hay política posible.

Nos leemos la siguiente.