Durante la tragedia, la ausencia. Después de la tragedia, la manipulación.

Vigilia. Entre lo público, la razón y el juicio

Miguel Ángel Juárez Frías

juarezfrias@gmail.com

Las lluvias de las semanas pasadas dejaron a medio país empapado en agua y en una profunda desolación que, al día de hoy, se volvió silenciosa y fue silenciada. Puebla, Veracruz, Hidalgo, Querétaro y parte del centro del país fueron víctimas de la tormenta, pero que, como resultado, volvió a desnudar la pobreza estructural y la fragilidad de nuestras instituciones.

Fuimos testigos de cómo la tierra se deslizó, los ríos se desbordaron, las casas se hundieron. Vidas perdidas, lo más doloroso. Desaparecidos que siguen en esa condición, y que seguramente aumentarán la estadística que quisiera ocultar el sistema. Pérdidas materiales que no tienen comparación en los últimos tiempos.

Pero lo más doloroso no fue la lluvia, sino ver cómo, otra vez, la tragedia es utilizada sin el menor escrúpulo por la mezquindad oficial y la opositora. No es la ayuda que ofrecen, es la ayuda que se buscan para sus intereses, ante la desesperanza de un pueblo olvidado y usado.

En las imágenes que quedan impresas en la mente, observamos a los vecinos de Huauchinango cargando cubetas de lodo, a las familias de Poza Rica reclamando que la ayuda no llega, a los cuerpos de rescate haciendo lo imposible entre carreteras cortadas y líneas de energía caídas.

Quedó al descubierto la falta de prevención, la infraestructura abandonada y los presupuestos que debieran existir para atender los problemas de una sociedad que vivencía el desastre, diluidos entre denuncias de corrupción y culpas. Eso sí, también se llevó a la pantalla la caricatura de política pública de este México que nos duele: sí, esa que solo va en búsqueda de la fotografía pero que desborda una indiferencia que lastima.

El gobierno reaccionó tarde. La presidenta acudió a las zonas afectadas con la maquinaria mediática que acostumbra. Mensajes de unidad, promesas de no escatimar recursos, discursos sobre la empatía del poder. Pero ofreció al pueblo un desliz grotesco, cuando al reclamo social respondió: “… ustedes también la próxima, cuando voten…”. Cuánto tiempo el reclamo opositor fue categórico en exigir que el gobierno no hiciera política electorera. En este régimen, el cinismo es el mantra y su brújula pública.

La oposición no mostró mayor decencia. Aprovechó la tragedia para armar su espectáculo, para contabilizar muertos como votos y desgracias como oportunidades. Como si la indignación que escenifican borrara la falta de compromiso en el pasado inmediato y hoy pretendieran erigirse en defensores de los damnificados.

A estas alturas, después de escuchar, observar y confirmar, se puede afirmar que este país no se divide entre izquierdas y derechas. Se divide entre quienes lucran con el dolor y quienes lo padecen. Entre los que roban, mienten y traicionan y los que observan y sufren la indecencia. 

Lo más perverso de vivir la tragedia no es la naturaleza de esta, sino su uso como escenario, como atril, casi como altar de milagros. Cada desastre natural se convierte en oportunidad política, cada damnificado en símbolo de propaganda. Mientras tanto, la gente vuelve a empezar de cero, con la misma esperanza cansada, viendo pasar helicópteros y escuchando promesas que se hunden en el lodo.

Por eso, el país no necesita más botas nuevas ensuciándose en el lodo, ni discursos, ni recorridos disfrazados de empatía, tomando de la mano a un niño y abrazando a una señora afectada. No es por ahí el camino. No se trata de pedir milagros. Es exigir un Estado que planifique, que programe, que prevenga, que actúe para salvaguardar la dignidad de una sociedad que lo merece. Un Estado que tenga tantita, aunque sea, tantita altura de miras para atender a su gente.

Necesitamos decencia pública.

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