Redacción
Correr, a priori, no tiene mayor misterio; es una actividad intuitiva que nuestros antepasados dominaron y que la sociedad retomó con fuerza tras el confinamiento de la pandemia. Sin embargo, cuando la ruta abandona la acera y se traslada a la naturaleza —un bosque, un sendero o un parque natural— con una distancia y un desnivel específicos, la disciplina se transforma por completo. Bienvenidos al trail running.
El universo del trail running se divide en cuatro grandes categorías que dictan tanto la preparación como la estrategia del atleta: Carrera vertical: La más corta (apenas 1 km), pero con un desnivel extremo.
Media distancia: Rutas de entre 10 y 30 kilómetros.
Maratón: El clásico formato de 42 kilómetros adaptado a la montaña.
Ultradistancia: Supera los 42 kilómetros, siendo lo habitual recorrer entre 160 y 170 kilómetros.
A diferencia del ‘running’ urbano, la montaña implica un componente de aislamiento que exige tomar precauciones estrictas. Los expertos equiparan esta práctica con el buceo: se puede realizar en solitario, pero se recomienda firmemente hacerlo acompañado. De ahí el auge de los clubes deportivos para cultivar el sentido de pertenencia y las relaciones sociales —lo que, según estudios, reduce el cortisol y aumenta la longevidad—, además de la recomendación de contar con un seguro de accidentes.
Para adentrarse en el terreno natural, el equipamiento básico debe incluir:
Nutrición e hidratación: Comida ligera (geles, barritas, fruta) y dos bidones blandos con agua y sales isotónicas.
Textil técnico: Ropa cómoda, impermeable y térmica adaptable a la adversidad climatológica, transportada en un chaleco-mochila específico.
Calzado especializado: Zapatillas con malla transpirable de alta sujeción y una media suela más gruesa para proteger la planta de las rocas y dar estabilidad.
Tecnología y visibilidad: Un teléfono o reloj con GPS para el cálculo de rutas y localización en caso de emergencia, acompañado siempre de una linterna frontal.
Fortalecimiento integral: El terreno irregular trabaja intensamente el tren inferior (cuádriceps, pantorrillas, glúteos) y el core. Si se usan bastones, se integra también la musculatura de los brazos.
Menor impacto articular: Mientras que el asfalto actúa como un “martillo duro” que propicia lesiones por su pisada repetitiva, la tierra y el césped ofrecen una superficie blanda donde cada zancada es diferente.
Coordinación y propiocepción: Los obstáculos obligan al sistema nervioso a mejorar el equilibrio y a reaccionar de forma eficiente a los cambios de dirección.
Salud cardiovascular: Los cambios de ritmo optimizan la capacidad pulmonar y la oxigenación.
No todo es idílico en la montaña. El trail running exige una planificación que no requiere la ciudad. En primer lugar, exige una progresión gradual; no se puede debutar en la naturaleza sin una base sólida previa en el asfalto. Los entrenadores aconsejan un periodo de adaptación con intensidades bajas de entre 2 y 4 horas para desarrollar fondo físico.
A esto se suman las complicaciones logísticas del desplazamiento obligado hacia entornos naturales y la inevitable exposición climatológica. El corredor debe estar preparado para soportar desde temperaturas extremas hasta tormentas repentinas a mitad de la ruta sin posibilidad de resguardo. El trail running, por tanto, no es solo un reto de resistencia física, sino un ejercicio de respeto y adaptación al medio natural.
Con información de elle.com.
