El costo de vivir sin proyecto

Vigilia. Entre lo público, la razón y el juicio

Miguel Ángel Juárez Frías

juarezfrias@gmail.com

Aguascalientes, Ags.- En las pláticas con los amigos he advertido una preocupación generalizada, nacida de esta deriva institucional que se observa todos los días a nivel nacional y en un número cada vez mayor de entidades federativas, de la que la nuestra tampoco escapa.

La falta de planeación estratégica que oriente y dé certidumbre a la sociedad ha ido dejando de formar parte de la vida pública de los mexicanos; escuchamos planes, programas y acciones todos los días, como si la estabilidad socioeconómica de México y de Aguascalientes pudiera sostenerse en el mensaje cambiante del acto público; cuando en realidad lo que debería sostenerla es algo mucho menos vistoso y mucho más serio: previsión, método, continuidad, dirección.

Allí aparece un fenómeno que domina el escenario público: la planeación deja de pesar, la previsión, el análisis, la documentación y la programación dejan de sostener las decisiones de gobierno, y el poder termina resolviendo el día, la semana, el año o la coyuntura electoral, pero no el rumbo de largo plazo.

México se ha acostumbrado a esa simulación; produce planes, programas, diagnósticos y visiones de futuro, pero una y otra vez la urgencia del presente, el relevo de administraciones y la lógica de lo inmediato terminan imponiéndose, de modo que la planeación queda como requisito formal o como archivo, mientras la conducción real del país sigue atada al corto plazo. El resultado está a la vista: una política que administra coyunturas con habilidad, pero que tiene dificultad para construir trayectorias sostenidas.

Aguascalientes no está fuera de esa dinámica, aunque su escala, su posición económica y su reputación administrativa le dan mejores condiciones que a muchos otros estados para corregirla; aquí existe orden relativo, capacidades acumuladas y una imagen pública de sensatez que durante años ha marcado diferencia, y precisamente por eso el riesgo merece tomarse en serio, porque una entidad que vive demasiado de lo que ya funciona puede empezar a creer que eso basta, o, como ya nos ha pasado, perder oportunidades porque el Estado se sostiene en la inercia de una sociedad que no deja de trabajar ni de superarse.

El problema que vivimos está, en realidad, en el ejercicio del poder; allí se advierte la distancia entre tener planeación y dejarse conducir realmente por ella, y no precisamente por ausencia de instrumentos, sino por la falta de cumplimiento de la normatividad, de la metodología y de la voluntad para hacer que las prioridades de fondo ordenen de verdad el presupuesto, la inversión y las reformas que hacen falta.

Por eso se siguen arrastrando pendientes como el agua, la movilidad, el crecimiento urbano, la calidad del empleo y la seguridad preventiva, sin que una visión de largo aliento termine de ordenar de verdad las prioridades; entonces se nos presenta todos los días una política reducida solo a la administración fragmentada del Estado, que atiende lo urgente y vuelve a postergar lo importante, mientras la conversación pública se acostumbra a medir la eficacia por la operación del día y no por el destino que se está construyendo.

Allí se instala el costo de vivir sin proyecto, no como desastre inmediato ni como ruina visible, sino como desgaste silencioso, como repetición, como tiempo que se va sin que el Estado termine de decidir qué quiere ser; la estabilidad, en vez de empujar una exigencia mayor, se convierte en excusa, y la buena comparación con otras entidades acaba sustituyendo el debate serio sobre el futuro de Aguascalientes.

Ese es el punto delicado para nuestra Entidad, no el de un Estado en ruinas, sino el de un Estado que todavía tiene margen y que, precisamente por eso, tendría que exigirse más, porque un Estado pierde tiempo histórico cuando reduce la planeación a solo formalidad, cuando el ciudadano no la vuelve criterio de exigencia y cuando el poder puede seguir funcionando sin que se le obligue a rendir cuentas sobre el rumbo, no solo sobre la operación diaria.

Aguascalientes todavía puede elegir; puede seguir gestionando con habilidad el presente y vivir de la comparación favorable, o puede tomarse en serio la tarea de construir un rumbo que vuelva sus ventajas algo más duradero que una buena fama administrativa.

La pregunta sigue siendo la misma: qué Aguascalientes queremos para quienes vienen detrás, uno que se mantenga a flote con orden y eficiencia relativa, o uno que use sus capacidades actuales para construir un rumbo que sobreviva al calendario político.

La respuesta no va a estar en el documento que se anuncie, sino en la decisión de hacer que la planeación pese, obligue y conduzca.

Nos leemos la siguiente.