La ciudad se nos escapa

Vigilia. Entre lo público, la razón y el juicio

Miguel Ángel Juárez Frías

juarezfrias@gmail.com

Aguascalientes crece, eso se mira en la expansión de sus fraccionamientos, en el avance de sus parques industriales, en la llegada de inversión, en la apertura de nuevas vialidades, en la conurbación que va juntando territorios que antes parecían separados, y en esa imagen de orden que durante años ha servido para explicar una parte de nuestro orgullo local.

Sin embargo, crecer no siempre significa desarrollarse, y allí empieza la pregunta que este momento nos exige colocar sobre la mesa, porque una ciudad puede extenderse mucho y aun así perder forma, puede construir miles de viviendas y al mismo tiempo debilitar la vida comunitaria, puede atraer inversión y empezar a cargar silenciosamente los costos de no haber pensado con suficiente seriedad el territorio que está produciendo.

Después de hablar de responsabilidad histórica, del costo de vivir sin proyecto y del agua como límite físico de nuestro desarrollo, resulta inevitable mirar la ciudad, y no como escenario donde ocurren los problemas públicos, sino como el resultado visible de nuestras decisiones, de nuestras omisiones y de la manera en que durante años hemos permitido que el crecimiento avance más rápido que la idea de ciudad que debería conducirlo.

El desarrollo urbano no puede reducirse a permisos, planos, obras, lotificaciones, vialidades y anuncios de inversión; detrás de cada autorización hay una forma de vida que se impone, una distancia que alguien tendrá que recorrer, una red de agua que deberá extenderse, una calle que deberá mantenerse, una escuela que hará falta, un servicio público, una familia que terminará viviendo lejos de donde trabaja, estudia o convive, y por eso la ciudad debe pensarse con una seriedad mayor a la del expediente administrativo, al del interés de los desarrolladores, al de la mezquindad de una autorización sin responsabilidad, porque lo que se decide termina ordenando la vida cotidiana de generaciones enteras.

Podemos todavía afirmar que Aguascalientes conserva ventajas que otros lugares ya perdieron, tiene escala manejable, ubicación estratégica, instituciones todavía funcionales, universidades, sector empresarial y una sociedad que sigue trabajando con disciplina; precisamente por eso incomoda más advertir que la ciudad empieza a crecer bajo una lógica que no produce cercanía, cohesión ni calidad de vida, porque las periferias se multiplican, los municipios conurbados reciben presión urbana sin capacidades equivalentes, y el agua, que ya nos mostró el límite, aparece como recordatorio permanente de que ninguna ciudad puede expandirse indefinidamente sin pagar consecuencias.

El Plan Aguascalientes 2050 reconoce parte de estos desafíos y coloca palabras correctas en la política pública: visión metropolitana, ciudad compacta, sustentabilidad, movilidad multimodal, planeación de largo plazo; el problema, como ocurre tantas veces en México, no está en la existencia del documento, sino en la fuerza real que tendrá para ordenar decisiones y para impedir que la planeación vuelva a quedar como una pieza bien presentada mientras la ciudad sigue avanzando por donde puede o por donde la presión del negocio termina empujando.

La experiencia local obliga a decirlo sin rodeos: una ciudad se ordena cuando la autoridad tiene capacidad de hacer que la planeación pese, cuando el desarrollo inmobiliario asume obligaciones verificables, cuando el agua se vuelve criterio de autorización, cuando la infraestructura llega antes del problema, cuando el espacio público deja de tratarse como sobrante y cuando el crecimiento se mide por la vida que permite y no solo por la superficie que ocupa.

La ciudad se nos escapa cuando vivir lejos se vuelve la costumbre, cuando el fraccionamiento sustituye al barrio, cuando la vivienda se ofrece como patrimonio pero sin comunidad, cuando las banquetas son estrechas o inexistentes, cuando las áreas verdes son catafixiadas por monedas, cuando el automóvil organiza la existencia diaria, cuando el centro se vacía y cuando los que deberían ordenar lo público celebran el crecimiento sin revisar la forma que ese crecimiento está dejando sobre el territorio.

No se trata de frenar a Aguascalientes, se trata de darle dirección; de asumir que el desarrollo urbano exige reglas más serias, criterios hídricos estrictos, compensaciones reales, densificación inteligente, recuperación de zonas consolidadas, fortalecimiento metropolitano y una visión donde construir ciudad signifique producir vida habitable, cercana, segura, caminable y digna.

La pregunta vuelve a aparecer con la misma fuerza que en los textos anteriores: qué Aguascalientes estamos dejando para quienes vienen detrás, una ciudad que todavía puede corregir su rumbo desde sus capacidades actuales, o una mancha urbana que terminará exponiendo lo que ya se huele: hedor a corrupción que se presenta en la falta de capacidad de garantizar los servicios básicos para la comunidad, agua, drenaje y alcantarillado, calles, banquetas, parques y jardines y una gran lista de obligaciones que evidencían incompetencia.

Nos leemos la siguiente.