Vigilia. Entre lo público, la razón y el juicio
Miguel Ángel Juárez Frías
La conversación con mis compañeros inició con una pregunta puntual y terminó revelando una verdad incómoda pero cierta. Todo empezó con las declaraciones del senador Mark Kelly, compartidas por alguien muy alineada al régimen cuatroteista, quien criticó la acción de Donald Trump en Venezuela tras la captura de Nicolás Maduro, ocurrida el 3 de enero de 2026. Kelly no defendió al régimen venezolano, lo calificó sin ambigüedades como brutal y dictatorial, pero cuestionó el método, la legalidad y, sobre todo, las motivaciones reales de la intervención, la justicia, sostuvo, no puede construirse sobre la ilegalidad ni justificarse únicamente por conveniencia estratégica o petrolera.
Ese señalamiento abrió una reflexión más profunda sobre un orden internacional donde el derecho es débil, los organismos multilaterales emiten recomendaciones sin fuerza vinculante y los narcoestados documentados siguen operando con impunidad mientras millones de personas viven bajo un régimen de miedo, miseria y violencia.
La tensión no es nueva, es el dilema clásico entre ley y justicia, entre un orden jurídico imperfecto que mantiene estabilidad y una acción directa que, aun violando normas, pone fin a un sufrimiento prolongado.
La conclusión compartida fue fría pero clara. La acción bélica ordenada viola la Constitución estadounidense y diversos tratados internacionales, no hay forma elegante de ocultarlo, sin embargo, desde una lógica moral, frente a la inacción sistemática de la comunidad internacional, resulta defendible para muchos, no porque sea ideal, sino porque el sistema vigente permite que el horror se prolongue mientras se debate eternamente el procedimiento correcto.
También hay que decirlo sin rubor, la historia demuestra que las grandes potencias rara vez actúan solo por valores: democracia, libertad y derechos humanos suelen ser el lenguaje público; en el fondo pesan los intereses económicos y estratégicos. Ejemplos de derivaciones latentes de esta acción unilateral las podremos exponer fácilmente: Rusia y Ucrania no solo discuten fronteras, también granos, gas y minerales críticos; China y Taiwán no solo encarnan un conflicto ideológico, concentran más del noventa por ciento de los semiconductores avanzados del planeta; y Estados Unidos y Venezuela no solo confrontan un régimen autoritario, están frente a las mayores reservas de petróleo conocidas.
La fórmula se repite: siempre hay una justificación genuina, pero siempre, subyacente, existe un interés de poder económico.
La historia ofrece paralelos evidentes: las Cruzadas se proclamaron guerras de fe, pero se sostuvieron en rutas comerciales, control territorial y acumulación de riqueza.
Cuba es el caso paradigmático que confirma la tesis que esbozamos, un régimen igual o más longevo, igualmente represivo y sin libertades efectivas. La diferencia, brutal y reveladora, no está en la naturaleza del régimen, sino en el subsuelo: el petróleo que mueve ejércitos frente a la miseria que no mueve nada. Al carecer de recursos materiales que el poder global esté dispuesto a disputar, Cuba queda atrapada en la condena perpetua de los comunicados y en la indiferencia práctica de los hechos. Su tragedia es el experimento de control definitivo: demuestra que cuando no hay un botín estratégico que capturar, la defensa de la democracia, los derechos humanos o la libertad rara vez supera el umbral de las palabras.
Este silencio no debe confundirse con ignorancia, la represión en Cuba está ampliamente documentada por organismos internacionales; su miseria, medida en índices de desarrollo; las protestas de 2021, por ejemplo, generaron informes detallados que describen detenciones arbitrarias, juicios sumarios y una persecución sistemática.
Un análisis riguroso obliga a preguntar: ¿realmente carece Cuba de valor estratégico? Su ubicación en el acceso al Golfo de México y su alineamiento con potencias rivales le confieren un peso geopolítico innegable. Sin embargo, este valor es de naturaleza distinta: es simbólico, diplomático, de inteligencia. No es un recurso material, extraíble y cuantificable. Es el tipo de interés que justifica espionaje, sanciones o retórica de guerra fría, pero no una invasión relámpago. El contraste con Venezuela ilumina la cruda jerarquía de los intereses: el poder actúa con decisión férrea cuando hay riqueza tangible que capturar, y con ambivalencia calculada cuando el botín es intangible. El petróleo venezolano moviliza marines; la ubicación estratégica de Cuba, únicamente diplomáticos y comunicados. La diferencia que se asoma sin decoro, es que la decisión la marcan los intereses, no los principios.
Con esto constatamos que cuando no hay recursos estratégicos que codiciar, la defensa de la democracia y los derechos humanos se queda en palabras. Los valores y las ideologías construyen la narrativa, la emoción y la justificación, los intereses materiales definen la capacidad y la decisión final de actuar. En otras palabras: El discurso moviliza conciencias; el interés económico toma decisiones.
Siempre habrá razones, válidas o no, para ejercer la fuerza, la sinrazón encuentra siempre un discurso que la justifique. Mientras los intereses sigan definiendo cuándo el sufrimiento amerita acción y cuándo solo compasión retórica, la justicia continuará siendo selectiva.
El verdadero progreso no será la fuerza que se impone, sino la razón que algún día haga innecesaria su imposición. Ese es el llamado, a una reconstrucción de la justicia internacional.
Nos leemos la siguiente.
