Vigilia. Entre lo público, la razón y el juicio
Miguel Ángel Juárez Frías
En la entrega anterior analizamos las tensiones entre izquierda y derecha en México y advertimos que ambas cuando se polarizan terminan por destruir estados. Esta reflexión conecta con esa revisión: no se trata de repartir culpas ideológicas, sino de exigir corresponsabilidad en el rumbo del país.
En el presente artículo abordamos el papel de la oposición y su desconexión con el dolor ciudadano, frente a un oficialismo que, con todos sus límites, ha logrado ajustar su discurso a la resonancia social del pueblo.
El discurso opositor en México parece diseñado para un espejo: se dicen lo que quieren escuchar, se aplauden, se dan la razón y se contestan solos. Esa voz no alcanza a la ciudadanía. Afuera, la vida real está marcada por la falta de medicinas, el miedo en las calles y la ausencia de empleos dignos. Mientras la oposición repite letanías, la gente responde con una verdad sencilla: “al menos hoy recibo algo.”. Alguien verdaderamente sensato cree que la gente de las comunidades que vive al día, despierta pensando: “qué pasará con la nueva Suprema Corte ¿se pondrán huipil o toga?”.
Es en estas reflexiones, cuando afirmamos que los programas sociales representan la presencia inmediata y tangible del Estado en la vida cotidiana: la Pensión de Adultos Mayores es, para millones, el único ingreso estable; Jóvenes Construyendo el Futuro significó el primer salario formal para quienes nunca habían tenido una oportunidad laboral; las becas universales alivian bolsillos y Sembrando Vida llevó ingresos a comunidades históricamente olvidadas. Frente a esto, cualquier crítica superficial se convierte en un boomerang: cuando un político descalifica los programas, el ciudadano escucha “te lo quieren quitar.”
La dimensión económica lo confirma. En 2025 se destinaron 850 mil millones de pesos, 2.3% del PIB, a Programas de Bienestar que alcanzan a 32 millones de familias. En contraste, el pago de la deuda pública asciende a 1.38 billones de pesos, 3.8% del PIB. México gasta más en cumplir con acreedores que en respaldar directamente a sus ciudadanos. El discurso oficial gana fuerza en esa comparación: lo social parece mínimo frente a lo que se destina a la deuda.
La teoría académica ayuda a entender el fenómeno, investigadores como González-Ocantos y Oliveros señalan que los programas masivos generan clientelismo relacional: beneficios permanentes que consolidan lealtades políticas. Mazzuca y Munck advierten la “trampa de calidad media”: estados incapaces de garantizar salud, educación o seguridad, sustituyen su incompetencia con transferencias.
El apoyo en efectivo alivia el hambre de hoy, pero no resuelve lo que en verdad duele, la salud pública está a riesgo del colapso, la educación se deteriora aunque el discurso oficial lo niegue, el empleo sigue atrapado en la informalidad y lo más grave la inseguridad se normalizó. En otras palabras “se ofrece un paraguas para evitar reparar el techo.”
Sin embargo, la oposición insiste en hablar un idioma que la gente ya no escucha. Décadas de anuncios sobre crecimiento del PIB y solidez macroeconómica que nunca cambiaron la vida cotidiana. Lo que hoy sí siente el ciudadano es que por primera vez recibe dinero en efectivo. Aunque la inflación o la inseguridad lo resten, ese ingreso garantiza la comida del día.
El camino correcto no es despreciar lo que el ciudadano recibe, sino dignificarlo. La crítica inteligente debe reconocer que los apoyos son necesarios, pero no bastan. El dinero ayuda hoy, pero no sustituye un hospital con medicinas, una escuela que enseñe, un empleo estable o una calle segura. La narrativa ausente es clara: “no queremos quitarte lo que tienes, queremos que eso sea la base de un futuro mejor.”
Aquí se revela la paradoja central. La política social sin corresponsabilidad productiva termina por volver más pobres a los pobres, y no solo en sentido económico. El ingreso inmediato sin obligación o esfuerzo genera dependencia y borra aspiraciones, y la verdadera pobreza se convierte en la pérdida de horizonte: cuando ya no se sueña con crecer ni con construir patrimonio propio.
Un Estado que reparte sin exigir responsabilidad corre el riesgo de infantilizar a sus ciudadanos, así como,una oposición que desprecia en lugar de proponer superación compartida se condena a la invisibilidad.
El error de fondo de la oposición es de encuadre. No ha entendido ni a la gente ni al oficialismo. Habla en un marco agotado, centrado en tecnicismos y en discursos de élite: autoritarismo, dictadura, macroeconomía, decrecimiento, palabras que ni se entienden ni se escuchan en la vida diaria. Se desconectan de la sociedad.
El oficialismo supo y ha sabido encuadrar los apoyos como derechos conquistados, no como favores, no como dádivas, no como limosnas; sino como presencia del Estado. Este framing (discurso) conecta con la experiencia directa de millones.
En este punto, es legítimo que el beneficiario valore la beca, la pensión o el apoyo. Lo ilegítimo es un Estado que lo condena a depender de eso. El reto para la oposición es hablar con respeto y verdad: “Tu apoyo importa, pero mereces más. Mereces hospitales, escuelas, empleos y sobre todo seguridad.”
La oposición se habla sola y se contesta sola. Si no escucha el verdadero dolor ciudadano, seguirá atrapada en su propio eco. El ciudadano seguirá votando por quien al menos le da un respiro inmediato. La salida no es reducir lo poco que hoy tienen los más vulnerables, sino construir un futuro donde ese respiro sea apenas el inicio de una vida plena. El reto es reencuadrar la política desde la dignidad y la corresponsabilidad.
El reencuadre más importante, es entender que lo correcto no es quitar paraguas ni burlarse de los ciudadanos beneficiarios, sino quitarles las goteras y ofrecer la reparación del techo. Ese es el lenguaje que conecta con la gente.
Nos leemos la siguiente.
