La revolución democrática y su precio

Vigilia. Entre lo público, la razón y el juicio

Miguel Ángel Juárez Frías

juarezfrias@gmail.com

Leí a Viri Ríos este lunes en su publicación semanal en Milenio https://amp.milenio.com/opinion/viri-rios/no-es-normal/el-nuevo-orden-politico-mexicano.  Sostiene que México no transita hacia un régimen autoritario, sino hacia una transformación de su modelo democrático. Plantea que lo que vivimos no es un retroceso, sino una redefinición del poder. Según su lectura, la democracia de los noventa, con su alianza entre el PRI tecnocrático, el PAN empresarial y la élite intelectual capitalina, fue diseñada para contener la fuerza de las mayorías. Una democracia útil para quienes podían decidir sin el esfuerzo del consenso popular.

El argumento no carece de verdad. El modelo nacido tras la transición fue excluyente, las decisiones se tomaron desde arriba y el ciudadano quedó reducido a un voto que apenas servía para legitimar a quienes ya habían decidido. En ese vacío se incubó el descontento que, décadas después, dio origen al movimiento que hoy gobierna.

Pero el problema no está en reconocer el desgaste de aquel modelo, sino en confundir la apertura del poder con su desinstitucionalización. México vivió en 2018 una revolución democrática que prometía corregir los excesos de las élites, pero en su Segundo Piso, el del continuismo, solo ha terminado por reeditar los mecanismos de un sistema pasado que premia la obediencia y castiga el pensamiento.

El discurso mayoritario pretende sustituir al equilibrio republicano. La voluntad popular se usa como escudo moral y el disenso se mira como traición. En este modelo, el miedo es una forma de disciplina, y el  silencio, la prueba máxima de pertenencia. La democracia ha dejado de ser un espacio de deliberación y se ha convertido en una ceremonia de adulación, de aclamación y de sumisión.

La frase del viejo sistema, “el que se mueve no sale en la foto”, ha recobrado un sentido siniestro. El poder que antes se administraba desde los despachos tecnocráticos hoy se distribuye entre quienes juran fidelidad y se mantienen quietos a la indicación, disciplinados y obedientes; por eso, en lo esencial, el sistema no ha cambiado: el pensamiento libre sigue siendo una amenaza.

El viejo régimen se sostenía con intelectuales orgánicos y un discurso de modernidad; el nuevo se sostiene con leales de ocasión y un discurso de pureza moral. En ambos casos, el resultado es el mismo: la subordinación del juicio a la conveniencia.

Viri Ríos tiene razón al afirmar que México atraviesa una transformación democrática. La cuestión de fondo es si esa transformación conduce a una ciudadanía más libre o más temerosa. Porque una democracia que renuncia al pensamiento termina fabricando obedientes, no ciudadanos.

La legitimidad popular no puede ser excusa para cerrar los espacios del entendimiento. Gobernar con respaldo social implica escuchar, atender, resolver. México no enfrenta un nuevo autoritarismo: enfrenta una vieja costumbre, la de confundir el poder con la obediencia, la disciplina, la verdad.

Entiendo que para afianzar su poder, el régimen recurra a una reconfiguración institucional, pero lo que vivimos hoy va más allá: es el desmantelamiento del Estado, justificado en la voz del pueblo, un pueblo que ni es escuchado ni es informado, solo utilizado para sostener la decisión vertical y autoritaria.

La destrucción de la democracia pretende restituir la hegemonía política, desconociendo la pluralidad de un pueblo que no pide Caudillos, sino pide Estado, pide justicia. Un pueblo que hoy se ve asistido por el acompañamiento social de políticas redistributivas, pero que poco a poco pierde libertades sin saberlo ni entenderlo.

Lo que sigue solo podrá surgir de una conciencia colectiva que recupere la promesa incumplida: un México donde la democracia no sea el culto a un caudillo, sino el gobierno de instituciones que garanticen, por fin, lo que el pueblo clama: seguridad, justicia y oportunidad.

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