Vigilia. Entre lo público, la razón y el juicio
Miguel Ángel Juárez Frías
Después de un par de meses, regreso con ustedes con una reflexión que ha estado presente a lo largo del trazado de varios artículos que compartí en 2025.
He afirmado que el ruido inunda el ambiente en todos los frentes sociales, se instala en la conversación pública, se filtra en la vida cotidiana y, lo más alarmante, desplaza lo importante.
La narrativa sin hechos, la publicidad sin resultados, los sucesos diarios que distraen terminan por ocupar el espacio que corresponde a lo esencial, nuestra vida, nuestro entorno, la calidad y la dignidad que individual y socialmente buscamos como sociedad.
Estos primeros meses de arranque de año sin escribir fueron una oportunidad de contención, de resistir el impulso de reaccionar al evento del día, a la anécdota nacional o local, a los absurdos que se repiten en la discusión pública. Contener la necesidad de gritar en el ruido que ya aturde.
La pausa se volvió un sosiego ante la vorágine de la distracción, me permite tomar distancia para recuperar el sentido de lo importante, de aquello que no aparece en la inmediatez pero define el rumbo de nuestro camino.
Me regalé una coma para poder seguir escribiendo, ajeno al tobogán de la nota del día.
Desde ese silencio aparece una realidad que no admite evasión: los problemas públicos tienen complejidad, tienen historia, tienen consecuencias, y no se resuelven con boletines ni con discursos cómodos, ni con apláusos en mitin, ni con verborrea mañanera.
La problemática pública exige capacidad, instituciones que funcionen y decisiones que asuman su costo en el tiempo. Gobernar implica hacerse cargo de lo que se decide y de lo que se deja de decidir.
Max Weber advertía que quien ejerce poder no puede refugiarse en sus buenas intenciones; responde por las consecuencias de sus actos y por los efectos de sus omisiones.
Esa línea de pensamiento la ha planteado con claridad el Maestro Otto Granados en sus reflexiones sobre educación y políticas públicas: los problemas públicos requieren pensamiento riguroso, capacidad institucional y responsabilidad intergeneracional. No es una frase para citar, es un criterio para medir el ejercicio político. Coloca un estándar frente a una conversación pública que se ha acostumbrado a simplificar lo complejo y a desplazar la responsabilidad hacia el ruido, hacia el distractor mediático.
El debate público ha perdido profundidad, se discute desde el adjetivo, se responde desde la emoción, se sustituye el análisis por la reacción. En ese terreno, lo importante se diluye y lo accesorio, lo intrascendente, ocupa el centro del debate.
México no se vive igual en todos lados y Aguascalientes forma parte de esa diferencia. En nuestro Estado se percibe orden, estabilidad, un funcionamiento que atrae inversiones y genera empleo. Esa percepción describe lo visible, lo que se insiste que se diga, un puerto seguro en medio de la incertidumbre nacional, pero no necesariamente advierte lo que ocurre de fondo, ni hacia dónde se va cuando las decisiones se posponen o se evaden.
Aquí hagamos una pausa, porque lo que se vive obedece a algo más trascendente: las decisiones, acciones y omisiones en la responsabilidad pública. Muchas de ellas, parece que están solo pensadas en la busqueda de votos, decisiones de corto plazo que son válvulas de escape a la presión social de una realidad que carcome el día a día. Pero esa visión y misión maniquea, a la larga, termina por destruir al Estado y a la sociedad.
Por eso, pensar Aguascalientes deja de ser un ejercicio teórico, de observación simplista y se convierte en una responsabilidad.
Cada decisión local se inserta en un contexto nacional, pero su efecto es inmediato, se refleja en la justicia que se aplica o se evade, en el empleo que alcanza o no alcanza para vivir, en la seguridad que se percibe o se pierde, en el agua que se administra o se agota, en las oportunidades que encuentran o no encuentran cauce para quienes vienen detrás.
Estamos obligados a tomar los problemas y las oportunidades que atraviesan al país y llevarlos a la escala de Aguascalientes, para hacernos una pregunta: ¿qué Aguascalientes se está construyendo para quienes vienen después? La respuesta no se encuentra en el discurso ni en los boletines, se encuentra en las decisiones que se toman y en las que se evitan, en la intervención de todos, en la intervención tuya y mía.
Nos leemos la siguiente.
