Vigilia. Entre lo público, la razón y el juicio
Miguel Ángel Juárez Frías
“Toda ausencia de valores y principios termina por destrozar cualquier buena intención”
Escándalo tras escándalo, en una espiral sin pisos ni frenos, no paran los hechos que día a día la comunidad sigue presenciando: indolencia, hipocresía, un cinismo que golpea la inteligencia, pero que, paradójicamente, amortigua la opinión de la ignorancia.
Empecemos con lo más dantesco. El caso Adán Augusto López, coordinador de bancada del partido mayoritario en el Senado de la República, no puede explicarse ya como un escándalo mediático más, ni mucho menos como “politiquería”.
Abro un corchete, -decía un amigo para interrumpir la narración-. [Hay momentos en los que me pregunto si todavía vale la pena escribir con mayúsculas el nombre de esa que alguna vez fue la cámara valuarte de la democracia y representación federal en México: el Senado de la República.]. Cierro corchete.
Continuamos, la investigación a cargo de la periodista Valeria Durán, transmitida en el programa de Aristegui Noticias, presenta una relatoría detallada de hechos que no hacen sino confirmar lo que ya circulaba en la voz popular: las señales de corrupción no se limitan a Tabasco. Las evidencias se extienden a las obras insignes del cuatroteísmo y apuntan a una red de complicidades tejida desde el obradorato.
La investigación vincula toda una operación financiera con acusaciones de desvío de recursos públicos, nexos con la delincuencia organizada, tráfico de influencias y otras prácticas igualmente graves. Es la primera grieta visible de una estructura más profunda. Hoy, lo que se documenta es que el exsecretario de Gobernación tuvo como jefe de seguridad pública en Tabasco a Hernán Bermúdez Requena, señalado actualmente como fundador de “La Barredora”, célula criminal conectada con el Cártel Jalisco Nueva Generación.
No se trata de una relación lejana ni accidental. Bermúdez fue su hombre de confianza, operador durante años con facultades plenas. Hoy, su nombre aparece ligado a operaciones de protección criminal, extorsión, desvío de recursos y vínculos activos con el narcotráfico. La seguridad pública del Estado fue, en los hechos, una estructura de colusión institucionalizada. Frente a eso, lo que hay es silencio.
La gravedad no está solo en lo que se hizo, sino en lo que no se hace ahora. Ninguna explicación. Ninguna autocrítica. Ninguna consecuencia. El poder ya no se conduce con principios, sino con cálculos. Por eso, los vínculos con el crimen ya no escandalizan: el discurso no ha sido diseñado para decir la verdad, sino para reemplazarla.
Durante años repitieron que no eran iguales. Sin embargo, replican con comodidad las mismas prácticas que antes denunciaban. La diferencia es que ahora, además de hacerlas, las niegan con vehemencia. Si eso no basta, recurren a la vieja fórmula: culpar al pasado como si se tratara de una coartada perpetua.
El caso Adán Augusto no es una excepción. Tampoco lo son los viajes familiares con itinerarios de lujo y maletas cargadas de incongruencia. Secretarios de Estado, senadores, diputados federales y hasta regidores del partido en el poder han sido vistos veraneando en los destinos más exclusivos del planeta: Tokio, Lisboa, Madrid, Mónaco… y por supuesto, Ibiza. Todo pagado, seguramente, con esa mística “austeridad republicana” que solo exige sacrificios a los de abajo, y apela a la ceguera del pueblo.
El cinismo mántrico que repiten día a día proclama que los precios de la gasolina han bajado, aunque hoy no alcance a las familias ni para el transporte diario, ya no se diga para el esparcimiento. Niegan también que el Tren Maya haya devastado selvas bajo resguardo militar, sin transparencia ambiental ni financiera. Ni reconocen que la deuda pública crece más rápido que en sexenios anteriores. Ni admiten que la militarización, que antes calificaban de “error histórico” del calderonismo, se ha vuelto columna vertebral del 4Tismo. Ni explican los sobres de efectivo en manos de operadores políticos, bendecidos como “aportaciones del pueblo bueno”.
En todos los casos, la respuesta ha sido la misma: justificar lo injustificable, minimizar lo evidente, negar lo comprobado, encubrir lo imperdonable.
Lo más grave no es que estén mentiendo quienes prometieron “no mentir”; que estén robando los que gritaban “no robar”; que estén traicionando al pueblo quienes proclaman “no traicionar”. Lo más grave es que ya no parece importarles.
No hay voluntad de corregir, porque la prioridad es proteger el proyecto de la Cuarta Transformación, aunque sigamos sin saber cuál es. Por eso, el discurso de la 4T ha transitado del idealismo a la negación. Ya no gobiernan con principios, sino con justificaciones. Ya no prometen futuro, solo administran culpas ajenas.
Este momento exige una interpretación más profunda. Lo que presenciamos es, en el fondo, un proceso de inversión moral.
Primero, el poder como inversión de principios. MORENA llegó al poder con un discurso profundamente moralista. Su legitimidad descansaba en “ser distintos”. Pero en el ejercicio del poder, el discurso crítico se transformó en discurso justificativo. La realidad no se reconoce: se niega o se maquilla culpando al pasado.
Segundo, el pasado como coartada perpetua. Todos los desvíos del presente son explicados como reacciones inevitables al desastre heredado. Es una legitimación regresiva: se incumple lo prometido con la excusa de que “antes era peor”.
Tercero, el abandono del principio de ejemplaridad. Casos como el de Adán Augusto reflejan el colapso de la ética del ejemplo, que fue la piedra angular del discurso contra Peña, Calderón y Salinas. Hoy, cuando el problema es “de casa”, reina el silencio.
Cuarto, la redefinición de enemigos y aliados. El criterio ya no es ético, es funcional. Si el cuestionado es opositor, se le persigue. Si es parte del núcleo duro, se le protege con silencio, con desvío o con distracción mediática.
Quinto, el relato como sustituto de la rendición de cuentas. La retórica de la transformación ha suplantado al deber institucional. Se narra un país mejorado, aunque los hechos griten lo contrario.
Lo preocupante es que ya no se miente para ocultar: se miente para imponer. No se trata de manipulación puntual, sino de una realidad paralela construida desde el poder. No es un doble discurso: es un mundo duplicado. Uno donde los errores no existen, los abusos no se nombran y las críticas se etiquetan como traición.
Pero hay un punto de quiebre. El relato ya no alcanza; la ciudadanía observa, compara y recuerda. No ha pasado tanto tiempo, y la desilusión ya se deja escuchar en el comentario diario de los de abajo, del pueblo. Ese que comienza a entender que lo han traicionado. Que, detrás del beneficio social recibido, se esconde una corrupción más profunda que la del pasado. Es justo ahí, en esa conciencia que despierta, donde se abre el camino más directo hacia la ruptura de la legitimidad del poder que miente, que roba, que traiciona.
Habrá quienes en la 4T aún quieran rescatar el sentido ético de su compromiso público. O quizá, como hasta ahora, prefieran seguir aferrados al eterno abrazo de la mentira al pueblo, en ese beso interminable de Judas a Cristo que, hasta hoy, no se interrumpe.
Porque al final, toda ausencia de valores y principios termina por destrozar cualquier buena intención.
Dijeron: no robar, no mentir, no traicionar. Dijeron: abrazos, no balazos.
Hoy sabemos que roban, mienten y traicionan. Abrazan a los delincuentes… y los balazos, los vive el pueblo.Nos leemos la siguiente
