Vigilia. Entre lo público, la razón y el juicio
Miguel Ángel Juárez Frías
Entre lo contado desde el atril y lo vivido en la calle día a día
En la resaca provocada por el fervor democrático de los datos oficiales, recordamos que el país escuchó a la Presidenta Sheinbaum rendir su primer informe. Lo hizo con un tono que busca marcar continuidad de la llamada Cuarta Transformación. Hubo números, reformas y promesas de justicia social y soberanía. Pero también hubo silencios. En el discurso se narró un México que avanza, y sin embargo, en “los otros datos” la vida cotidiana insiste en mostrar heridas que aún supuran.
El informe celebró la elección popular de jueces como el inicio de una nueva era de legalidad. En la plaza pública parece victoria; en la realidad judicial, se trata de un viraje negativo. El Estado de Derecho descansa sobre un pilar irrenunciable: la independencia judicial, que no es sinónimo de legitimidad popular sino de autonomía deliberativa. Su esencia radica en la capacidad de los jueces para resolver con sujeción exclusiva a la ley, aislados de las presiones del poder político. La paradoja, por tanto, es profunda: el mecanismo que se promociona como la máxima expresión democratizadora “la elección popular” es el mismo que corroe el principio de imparcialidad que dota de sentido a la justicia.
Más aún, cuando los 2,700 cargos judiciales, incluidos seis ministros de la Suprema Corte, fueron definidos en las urnas con una participación de apenas 13.2 %, la más baja en la historia de elecciones en México. Un dato que, lejos de reforzar la legitimidad, exhibe la fragilidad y el fracaso de la reforma.
En materia de seguridad, las cifras oficiales mostraron descensos significativos en homicidios y feminicidios. La estadística puede ser cierta, pero la experiencia social apunta a otra verdad: campos de exterminio, desapariciones, huachicol desde el poder y un crimen organizado que se ha vuelto Estado paralelo.
El contraste es evidente: en junio de 2025 se registró el mes menos violento desde 2016, con 65 homicidios diarios en promedio. Sin embargo, esa reducción no borra la huella de miles de desaparecidos. Entre 2019 y 2025 los homicidios dolosos bajaron de 35,693 a 30,891 (–13.5 %), pero las desapariciones en tan solo un año se dispararon de 8,807 a 13,508 (+53.4 %).
La narrativa triunfalista busca sustituir la realidad de la tragedia nacional. La paz no se vive si sus cimientos se construyen sobre escombros de fosas clandestinas, de cisternas corruptas de hidrocarburos, y sobre el silencio de todo lo que manche el manto indeleble de la moralidad en turno.
La economía fue presentada como fortaleza: crecimiento modesto, inflación contenida y niveles récord de inversión extranjera. Los datos oficiales muestran que en 2025 el primer trimestre creció 0.44 %, el dato oficial es cierto: 36 mil millones de dólares en el primer semestre de 2025, la cifra más alta en la historia reciente.
Empero, al abrir la caja, la realidad es menos brillante. Más del 80 % de esa inversión corresponde a reinversión de empresas que ya operan en México, no a capital fresco. Las nuevas inversiones apenas sumaron 5,600 millones de dólares, y al restar las salidas de capital, casi 5,000 millones, el saldo neto real de nuevos recursos se reduce a 784 millones de dólares.
De un récord histórico, la realidad es que el país apenas captó capital fresco equivalente al 2 % de lo anunciado.En términos prácticos, el motor externo que debería detonar innovación, empleo y productividad luce mucho menos vigoroso de lo que se presume.
Si sumas a ello, que se ha apostado a limitar importaciones, como la suspensión de calzado terminado y los aranceles de hasta 35 % en textiles, sin acompañar esas medidas con estímulos a la innovación, al emprendedurismo y a la exportación. Afirmamos que la economía exige algo más que escudos arancelarios, obliga a encender los motores propios de crecimiento.
En infraestructura, el discurso presidencial habló de grandes proyectos y millonarias inversiones. Sin embargo, la realidad de la obra carretera muestra otro panorama: en 2013 la inversión pública destinada al sector alcanzaba poco más de 70 mil millones de pesos, mientras que en 2025 ronda apenas los 53 mil millones.
Es decir, en más de una década no solo no se ha fortalecido la red carretera, sino que no hay apuesta a la movilidad terrestre. Las obras insignia absorben recursos y atención, mientras el país sigue transitando por caminos deteriorados que no reflejan el discurso de modernización.
Algo que debemos aplaudir es la política social, que ha tenido resultados medibles y que merecen ser reconocidos. La pobreza pasó de 41.9 % en 2018 a 29.5 % en 2024, lo que significa que millones de personas salieron de esa condición.
La desigualdad también se redujo hasta alcanzar en 2024 su nivel más bajo en cuatro décadas, con un coeficiente de Gini (que tan disparejos estamos) de 0.391.
Ello en parte por las pensiones universales, las becas educativas y los programas de apoyo directo que, por primera vez, llegaron de manera amplia y sin intermediarios a sectores históricamente excluidos.
Se trata de conquistas sociales que ningún análisis serio debería minimizar, porque han mejorado de manera concreta la vida de muchas familias, les han dado esperanza y les arrancan sonrisas en su día a día.
El reto es que estos avances no se queden como un alivio transitorio. La inclusión real no se consolida con subsidios permanentes, sino con un país que genere oportunidades, fomente el emprendedurismo y construya igualdad desde la productividad. Solo así los logros sociales dejarán de depender del presupuesto sexenal y podrán convertirse en cimientos duraderos de desarrollo.
El tono oficial fue de victoria moral y política. La narrativa editorial, sin embargo, debe apuntar más lejos. El reto no está en los aplausos de un primero de septiembre, sino en lo que sucede al día siguiente. Un país no se mide solo por la retórica de su gobierno, sino por la dignidad con la que enfrenta sus fracturas. Y hoy México sigue fracturado: en su justicia, en su verdad, en su ética pública.
Por eso, más allá del informe, lo que urge es recuperar el sentido moral del poder. Gobernar no es administrar discursos ni inventar culpables. Gobernar es asumir responsabilidades de responder a los muertos que claman justicia, a los vivos que exigen oportunidades y a una sociedad que clamamos seguridad.
Un informe se aplaude un día, pero el verdadero pulso de una nación se mide en las calles, en la mesa de cada familia y en la justicia que se imparte sin simulaciones. La retórica llena plazas, la dignidad se construye en el día a día. Ese es el contraste necesario y la deuda pendiente.
Nos leemos la siguiente.
