Asperger no es distinto al autismo: la ciencia eliminó esa frontera

Raúl Muñoz

Durante años se habló del síndrome de Asperger como si fuera una condición diferente, una especie de punto intermedio entre el autismo y la normalidad. Hoy esa separación ya no existe en los manuales médicos. Desde el punto de vista clínico actual, el Asperger forma parte del trastorno del espectro autista (TEA).

El nombre proviene del pediatra austríaco Hans Asperger, quien en la década de 1940 describió a niños con dificultades en la interacción social, intereses muy intensos y lenguaje desarrollado. Durante décadas, ese perfil se presentó como algo distinto del llamado autismo “clásico”, que se asociaba a mayores necesidades de apoyo y, en algunos casos, a discapacidad intelectual.

Con el tiempo, la investigación mostró que la diferencia no era de naturaleza, sino de grado. Las características centrales —retos sociales, conductas repetitivas, sensibilidad sensorial o necesidad de rutinas— aparecían en distintos niveles en ambos diagnósticos. La falta de criterios claros provocaba incluso que una misma persona recibiera etiquetas distintas según el especialista o el país.

Esa ambigüedad llevó a que en 2013 el DSM-5 eliminara el síndrome de Asperger como diagnóstico independiente y lo integrara dentro del espectro autista. El modelo actual ya no plantea “cajas” separadas, sino un continuo de perfiles con diferentes niveles de apoyo.

Eso no significa que todas las personas autistas encajen en lo que antes se llamaba Asperger. El espectro incluye realidades muy diversas: desde quienes tienen alta autonomía hasta quienes requieren apoyo significativo en la vida diaria. El antiguo diagnóstico se utilizaba sobre todo para describir a personas sin retraso en el lenguaje ni discapacidad intelectual marcada, pero ese perfil es solo una parte del conjunto.

Más allá del cambio terminológico, el debate también es identitario. Muchas personas diagnosticadas antes de 2013 siguen usando la palabra Asperger porque forma parte de su historia personal y de la comunidad que construyeron alrededor de ella.

La discusión, sin embargo, va más allá de la etiqueta. El enfoque actual prioriza entender qué apoyos necesita cada persona en lugar de establecer jerarquías como “alto” o “bajo” funcionamiento. El espectro no es una línea simple, sino una diversidad de combinaciones posibles en la forma de percibir, procesar e interactuar con el mundo.

Con información de: Muy Interesante