Vigilia. Entre lo público, la razón y el juicio
Miguel Ángel Juárez Frías
El arte de gobernar hoy consiste en dominar la agenda, no en resolver las tragedias
En Campeche, la presidenta Sheinbaum recordó la anécdota del celular regalado por Layda Sansores en medio de la defensa del petróleo. Una historia entrañable, pero también un espejo que devuelve la pregunta más incómoda: ¿el petróleo para quién?
Robar en nombre del pueblo es la forma más cruel de despojo. La consigna de que el petróleo es la materia prima de los mexicanos se ha repetido hasta el cansancio. Sin embargo, los hechos muestran que no es para el pueblo. Los datos de los últimos días exhiben un saqueo monumental: una red que operó a través de 21 aduanas en 13 estados, con 555 empresas bajo investigación y puertos como Altamira, Veracruz y Lázaro Cárdenas convertidos en pasillos del contrabando. El esquema era simple en apariencia: ingresar combustibles como “lubricantes” o “aditivos” para evadir el IEPS. En la práctica, un fraude de hasta 120 mil millones de pesos.
No era solo la ordeña de ductos, sino el huachicol fiscal. Buques enteros descargaban en Tampico y Altamira millones de litros disfrazados de otra cosa. En marzo pasado se aseguraron 10 millones de litros en el buque Challenge Procyon, lo que destapó el entramado. Las investigaciones hablan de 69 envíos ilegales y 564 millones de litros, con beneficios de 150 millones de dólares. Pemex reporta pérdidas por más de 13 mil millones de pesos en un semestre, y los expertos calculan que 30% del combustible que se vende en estaciones proviene del robo o del contrabando.
El engaño no fue de unos cuantos. Ninguno pudo hacerlo solo. Ni sumando a marinos, funcionarios aduanales, transportistas y empresarios alcanzaba el poder para montar semejante maquinaria. Se necesitaba algo más: la lógica, el permiso tácito de quien presumía saberlo todo. Porque esta red funcionó a plena luz del día, mientras se aseguraba que el huachicol estaba controlado.
En apenas siete años, México se endeudó más, casi un 50% respecto a la deuda al cierre de 2018; a la fecha, más de seis billones de pesos. Perdió miles de millones en ingresos por la corrupción del huachicol fiscal, y destinó recursos a un reparto clientelar disfrazado de justicia social, que en el fondo fue comprar el manto de impunidad pública del pueblo. Robaron más y nos endeudaron más, siempre en nombre del pueblo. La narrativa de soberanía se convirtió en la coartada perfecta.
El petróleo fue bandera, símbolo y promesa. Hoy es también ruina. No para las élites criminales ni para los cómplices en las aduanas, sino para el pueblo que paga dos veces: con menos servicios públicos y con más riesgos en seguridad y medio ambiente.
La épica frase de “el petróleo es de todos” terminó reducida al relato discursivo de las mañaneras, una afrenta diaria a la inteligencia de los mexicanos. En los hechos, fue el negocio de unos cuantos que hoy son emprendedores inmobiliarios en el mundo.
Lo grotesco es la burla: ver cómo en nombre del pueblo se robaron la riqueza de todos, mientras se fabricaban discursos de soberanía que solo encubrían la impunidad. El petróleo, que debía ser palanca de desarrollo, terminó convertido en botín de redes que ni siquiera disimularon su desfachatez.
Esa es la mayor afrenta: el poder del púlpito matutino no quiso detener la tragedia, prefirió administrarla como espectáculo cómico para un público aplaudidor. Porque, en efecto, el arte de gobernar hoy consiste en dominar la agenda, no en resolver las tragedias.
Tenemos fe todavía, que estas últimas acciones que hoy desarticulan redes de corrupción no sean preludio de otras de peor calaña. El pueblo sabio y bueno no soportaría otra tragedia más.
Nos leemos la siguiente.
