“Solo es una hormiga”

Vigilia. Entre lo público, la razón y el juicio

Miguel Ángel Juárez Frías

juarezfrias@gmail.com

“La exigencia de libertad empieza sin cadenas personales.

“¿Ya viste eso? ¡Es solo una hormiga!” 

La frase la dice Hopper, el tirano saltamontes de la película Bichos. Pero podría decirla la Presidente en la mañanera, o cualquier burócrata institucional que se sienta con poder de aplastar, manipular o censurar a quien levante la voz.

Hopper resonó en mí cuando compartía en el café con amigos, de esos que te enseñan más que los libros, y hablábamos de la fragilidad en la que se ha convertido nuestra libertad. En esa conversación recordamos una publicación del 18 de julio en el Universal firmada por María Cabadas, quien escribió: “En los últimos 18 meses, al menos 27 periodistas han sido víctimas de censura acoso judicial por sus críticas a funcionarios, gobernadores y legisladores ligados al partido hegemónico Morena. Es decir, se registra un caso de censura cada tres semanas.

Vivimos tiempos en los que opinar con libertad, además de ser un acto de rebeldía, es un acto de responsabilidad. Tiempos en los que escribir una columna que cuestione, que exponga ilegalidades o que desnude la diversidad de opiniones es visto como provocación; para unos, una traición; para otros, una deslealtad. No porque falten argumentos, sino porque sobran amenazas, linchamientos digitales y silencios convenientes.

El régimen entendió que no hace falta callar con violencia directa; basta con ridiculizar, aislar, despreciar o desaparecer a quien piensa distinto. 

Hopper lo sabía: la fuerza del poder no está en su número, sino en el miedo que impone.

Lo mismo ocurre en la mañanera o en la propaganda institucional: el discurso oficial no se sostiene por su verdad, sino por su insistencia. Se ataca, se polariza, se miente; se coarta, se coptan conciencias y se anestesia el pensamiento. Todo bajo la lógica de que quien disiente, estorba; quien piensa, molesta; quien escribe, debe ser desactivado.

El problema no es solo quien manda; el verdadero problema es el sistema que lo sostiene. Esa normalización del control disfrazado de narrativa es, en realidad, una estrategia para gestionar la información y convertir una versión en la única verdad posible. Se trata de alinear conciencias, administrar el lenguaje público y reducir el disenso a simple ruido. El orden actual no se defiende con argumentos: se impone por saturación, por violencia verbal, por disparos simbólicos bajo el amparo del poder o por disparos económicos desde el presupuesto.

El silencio impuesto, entonces, no es ausencia: es un mecanismo de control. Lo trágico es que muchos ciudadanos han empezado a pensar que ese silencio es paz, que la obediencia es estabilidad, que guardar la cabeza baja es una forma de estar a salvo. Se equivocan: lo que hoy se calla como estrategia de conveniencia, mañana será imposición sin alternativa alguna. Los regímenes autoritarios no preguntan dos veces; ensayan primero con quien se atreve, y terminan imponiéndose a quien nunca dijo nada.

Quien hoy cree que no le toca porque juega con el régimen o se acomoda al poder en turno, se equivoca dos veces: la primera, por pensar que puede controlar a un monstruo al que él mismo alimenta; la segunda, por olvidar que ese monstruo no distingue entre aliados y enemigos cuando se siente impune.

Como ciudadanos no podemos resignarnos, callar ante el abuso es ser cómplice y justificarlo es ser parte de él. Minimizar el control es no haber entendido nada. Por eso necesitamos más voces que piensen, que escriban, que incomoden. No se trata de tener la razón, sino de evitar que una sola voz se convierta en verdad única.

La disidencia no es ruido, es equilibrio, permite la mesura, la reflexión. La crítica no es odio, es una forma de responsabilidad pública que todos tienen derecho a ejercer, pero que pocos se atreven a sostener.

Los regímenes que callan opiniones terminan apagando conciencias. Por eso hay que hablar, aunque no escuchen; escribir, aunque incomode; pensar, aunque duela.

Si a pesar de todo eso nos siguen viendo como “solo una hormiga”, que no olviden que la historia no cambia por quien manda, sino por quienes dejan de tener miedo y empiezan a actuar.

Nos leemos la siguiente.