Redacción
Internet dejó de ser promesa y se convirtió en negocio que exprime usuarios, advierte el escritor y activista tecnológico Cory Doctorow en su ensayo Mierdificación, donde sostiene que el deterioro de las grandes plataformas no es accidental, sino una estrategia deliberada para maximizar ganancias.
El autor describe una transformación progresiva. Primero, las empresas digitales ofrecieron servicios atractivos para captar usuarios; después, consolidaron su dominio eliminando competencia o comprándola; finalmente, comenzaron a extraer valor de quienes ya dependen de ellas mediante publicidad, tarifas y uso intensivo de datos.
“Todos prueban métodos para exprimir lo máximo posible, y cuando uno encuentra una nueva vía, el resto de plataformas la copian”, advierte el análisis, que señala a compañías como Meta, Amazon, Apple o TikTok como parte de este modelo.
En el caso de X, antes Twitter, Doctorow describe una plataforma en deterioro constante, sostenida por usuarios que no pueden abandonarla sin perder sus audiencias. La califica como un espacio donde, pese al descontento generalizado, periodistas, artistas y creadores permanecen atrapados por su propia red de contactos.
El fenómeno también impacta a pequeñas y medianas empresas. Amazon, por ejemplo, incrementa comisiones y añade costos ocultos que obligan a elevar precios, mientras controla la visibilidad de los productos dentro de su propia plataforma. Esto genera una dependencia que reduce márgenes y limita alternativas de mercado.
Doctorow advierte que la lógica de maximización ha alcanzado incluso a los trabajadores, sometidos a sistemas automatizados que definen ritmos de entrega y condiciones laborales. Si no cumplen con los objetivos, enfrentan reducciones en sus ingresos, aun cuando los sistemas cometan errores.
Sobre la regulación, señala que los intentos han sido insuficientes. En Europa, explica, se ha buscado mejorar las plataformas sin reducir su poder, lo que en la práctica ha reforzado su dominio. Además, la presión política y económica dificulta imponer límites efectivos a empresas con alcance global.
El autor anticipa una nueva fase en la que las tecnológicas podrían trasladar estas prácticas a los inversionistas, generando expectativas infladas sobre modelos de negocio, particularmente en el ámbito de la inteligencia artificial.
Aun así, plantea que el rumbo no es inevitable. Considera posible construir redes digitales más éticas, aunque reconoce que el principal obstáculo es la dificultad de abandonar plataformas donde ya se concentran las relaciones personales y profesionales.
