Miguel Ángel Juárez Frías juarezfrias@gmail.com
“No confundas aplauso con admiración: uno hace ruido, el otro hace eco”
Hoy dejamos a un lado el estruendoso ruido de la política, la inseguridad en la que vivimos y la incertidumbre de un estancamiento económico que agobia a la clase media. Temas que se les mire por donde se les mire, nos mantienen en estado de alerta.
Para evitar, por esta vez, adentrarnos en los temas mal resueltos por gobiernos de todo signo, vamos a dedicarle unas líneas al séptimo arte.
Los Cuatro Fantásticos es de esas películas que no podía dejar pasar de ver en la pantalla grande. No son de las que se disfrutan igual en la plataforma streaming o cualquier lado. Tenía que verla allí, en el cine. Más allá de la trama o los efectos, lo que me intrigaba era la narración que mis hijos me habían compartido: decían que en esa historia se reencontraba un tipo de relato que parecía extinto.
No hubo decepción. Al contrario, Los Cuatro Fantásticos vuelve a poner a Marvel en el centro del género, con una historia sólida, visualmente retro y fiel al espíritu original del cómic.
Recordé las historietas que alguna vez tuve en mis manos y las caricaturas de mi infancia. Aquellas tardes de Canal 5, en las que tenía que robarle el televisor unos minutos a mi madre, que tenía preferencia sobre toda la familia para ver sus telenovelas.
Esta película no es solo una entrega más de superhéroes. Es una pieza nostálgica para quienes somos de la generación X. Los que vivimos el cómic en papel, con onomatopeyas como ¡Uf!, ¡Plas!, ¡Paf!, ¡Zas!, “pam pam” o “glu glu glu”. Los que seguimos sus caricaturas en la pantalla chica y fuimos testigos de su ascenso a la pantalla grande. En ese tránsito crecimos y también cambiaron los relatos. Pero no siempre para bien.
Después de Endgame, parecía que Marvel se había perdido en su propio universo. Lo que antes nos hacía vibrar fue cediendo lugar a narrativas sobrecargadas, fórmulas repetidas, personajes vacíos y un discurso ideologizado más preocupado por complacer exigencias externas que por contar una historia digna.
Esta entrega rompe con eso. No por rebelde, sino por sensata. Reivindica valores que muchos extrañábamos en el cine, no solo en las películas de superhéroes, sino en el cine en general: la familia, la maternidad, la paternidad, el trabajo en equipo y la solidaridad como fuerza de unión. Esos valores que todavía deberían mover las decisiones.
Durante años, la industria confundió inclusión con imposición, complejidad con panfleto y diversidad con discurso obligatorio. La corrección política dejó de ser sensibilidad para volverse consigna. El espectador ya no iba al cine a emocionarse, iba a recibir un mensaje que no pidió. Esta película no cae en eso. Y quizá por eso, me conmovió más de lo esperado.
No hay concesiones al discurso prefabricado. No hay escenas insertadas como cuota para quedar bien con nadie. Lo que hay es una narrativa limpia, coherente y fiel a sus personajes. Una historia que emociona y que no necesita disfrazar lo que cuenta.
Se agradece. Especialmente para quienes crecimos con estas historias y hoy buscamos en el cine algo más que espectáculo. Incluso en la fantasía, seguimos esperando algo que se parezca al sentido común.
Hay películas que arrancan el aplauso fácil, pero se perderán en la montaña de cintas de los archivos cinematográficos. Creo que esta entrega estará en la estantería de las películas que dejan eco.
Nos leemos la siguiente.
