Redacción
Ocurre mientras vemos la televisión, al llegar a casa o en medio de una jornada frente al ordenador: sentimos ese empujón suave, húmedo y decidido en la mano o la pierna. Aunque para muchos dueños se trata simplemente de un gesto tierno, los especialistas en comportamiento animal revelan que este “hocicazo” es una de las herramientas más sofisticadas y versátiles del repertorio comunicativo canino.
A diferencia de los ladridos o gemidos, que son señales auditivas, el empujón con la nariz es un gesto táctil con raíces profundas en la biología de la especie. Según expertos en etología, este comportamiento no es aprendido, sino que nace de un instinto de supervivencia que se remonta a sus primeros minutos de vida.
Un instinto de cuna
La razón por la que este gesto es tan persistente en la edad adulta reside en la infancia del animal. Al nacer, los cachorros son sordos y ciegos, dependiendo casi exclusivamente del tacto y el olfato para orientarse.
Para alimentarse, los neonatos utilizan su hocico y patas para empujar y masajear el vientre de la madre hasta localizar un pezón; del mismo modo, emplean este movimiento para apartar a sus hermanos en la competencia por la leche. Lo que comienza como una maniobra de supervivencia, evoluciona con el tiempo en un lenguaje de interacción social con los humanos.
El código detrás del roce
Interpretar un “hocicazo” requiere observar el contexto, pues su significado varía según la situación:
Entender estos matices permite a los propietarios fortalecer el vínculo con sus mascotas. Lejos de ser una interrupción molesta, ese pequeño empujón es, en realidad, un perro utilizando su herencia biológica para decirnos exactamente qué necesita en ese momento.
Con información de 20minutos.
